sábado, 29 de marzo de 2014

El arte se pone a prueba de muerte




Acercarse a la fiesta de los toros es en primer lugar, abandonar en parte este mundo. El planeta de los toros es, efectivamente, un espacio especialísimo de la cultura española, universalmente difundido, confundido y mal interpretado hasta la saciedad, de tal modo que para el neófito, adentrarse en una plaza de toros es penetrar en un mundo desconocido y casi incomprensible, donde parece que no ocurre otra cosa que la persecución de un bello animal hasta su muerte.

Ofrecer a cualquier persona mínimamente interesada en la fiesta una visión siquiera somera de lo que es en realidad es una tarea compleja, más aún, quizá, si quien se acerca a los toros lo hace desde otra lengua y otra cultura. En estas páginas vamos a intentar asomarnos a ese mundo e invitar a quienes enseñan la cultura y la lengua españolas a que hagan que otros puedan adentrarse en este extraño planeta. O cuando menos puedan llegan a intuir por qué quienes viven en él no están dispuestos a abandonarlo. Nuestra intención, por tanto, es ofrecer una serie de materiales y pistas que puedan ser aprovechados y profundizados. No vamos a negar que todo lo que sigue no pretende descubrir nada, al contrario, tan sólo pretende, repetimos, ofrecer una modesta guía al visitante que llega de lejos.

La fiesta de los toros es sencilla y compleja a la vez. Muchos de los que contemplan por primera vez una corrida de toros abandonan a su término la plaza decepcionados, aburridos, incapaces de comprender las reacciones del público habitual de estos festejos. Muy probablemente esta reacción se debe a los condicionantes a que actualmente está sometida la fiesta de los toros. Por un lado está la ingénita complejidad de sus leyes y ritos, por otro los sentidos ancestrales de esta fiesta de raíces milenarias, pero también, y a ellos vamos antes de empezar a explicar la fiesta, los prejuicios y tópicos que sobre las corridas de toros se han cernido desde hace un par de siglos.

No todos los españoles tienen en su armario un traje de luces, ni viven en un estado propio de los protagonistas de la ópera Carmen, de Prospero Merimée. Valor, arrojo, temeridad del torero, exhibicionismo machista de latin-lover y, por otro lado, la crueldad de la fiesta, la tortura al animal libre, empañan y deforman el sentido de las corridas de toros. Quien acude a la plaza, visitante extranjero o incluso nativo español, puede hacerlo, a veces de forma inconsciente, con el ánimo de comprobar estos tópicos, y puede que con la esperanza de contemplar un accidente del torero, que caiga herido por un toro, o que sortee el peligro en el último instante, para vivir el momento de emoción en el que creen que consiste la fiesta. Y nada más. Y tanto unos como otros, también el español neófito, que no por ser nativo del planeta de los toros tiene garantizado entender la fiesta, intuyen, comprueban en seguida, que las corridas de toros son algo más, pues esos momentos no se dan siempre, y el público entendido parece valorar y esperar otras cosas que ese instante de peligro.

Conviene por tanto aclarar ciertas cuestiones previas, quizá redundantes para un español, aunque no sea un gran aficionado a los toros, pero esenciales para plantear la explicación de los toros en su justa medida y evitar las distorsiones hacia el tópico. La primera pregunta a la que debe responderse, mucho antes de explicar qué hacen toro y torero en la arena de la plaza es: ¿qué vienen a ver los aficionados?

La respuesta a semejante pregunta debe deshacer los principales prejuicios con respecto a la fiesta. En primer lugar cabe reparar en las palabras y expresiones con las que se conoce la fiesta en otras lenguas: bullfighting en inglés; Stierkampf, en alemán; stieregevecht, en holandés y combattimento col toro, en italiano (aunque también existe torear). En todas estas expresiones aparece el verbo equivalente al español luchar. Literalmente se pueden traducir como ‘lucha con el toro’ (por cierto que el francés se acerca algo más al español, pues admite course de taureaux, traducción casi literal de corridas de toros). De este modo, ya en la denominación aparece una inexactitud importante. Las fiestas de los toros fueron en un principio exactamente eso, luchas con el toro. Sólo a partir de su celebración en plazas construidas a propósito para celebrar espectáculos taurinos tuvo lugar la evolución que ha dado lo que es hoy la fiesta: un espectáculo en el que la lucha entre hombre y animal subsiste, pero ha quedado relegada ante otros valores. Hoy en día lo que empezó como combate ha dado lugar a algo casi completamente diferente. Hay que tener en cuenta esta evolución si se desea mostrar correctamente el sentido de la fiesta. De otro modo, si nos quedamos en la superficie del enfrentamiento entre hombre y animal difícilmente podremos hacer ver la verdadera riqueza de la fiesta.

En español usamos la expresión corrida de toros, expresión que contiene aún la idea de enfrentamiento, lucha, y fiesta de los toros. La palabra fiesta recoge mejor lo que realmente contemplamos en la plaza. Lo que allí sucede podemos describirlo y entenderlo en términos de fiesta, en su sentido antropológico: celebración de la comunidad y al mismo tiempo acto ritual, cargado de significaciones que afectan a la vida de la comunidad que participa en la fiesta. La celebración es también espectáculo en su sentido más teatral. En la plaza de toros tiene lugar una obra de teatro, con unos protagonistas y un argumento perfectamente definidos. Una obra de teatro en la que se ventilan temas tan hondos y graves como la relación del hombre con los ciclos de la vida y la muerte, o el enfrentamiento eterno entre naturaleza, razón, pasión, etc. Por la misma naturaleza de la fiesta, es la corrida de toros un espectáculo teatral especial, pues en ella la representación se tiñe de verdad, saltando, de forma fascinadora, poderosa, la barrera de lo que es verdad y mentira. En los toros sólo es admisible torear con "verdad", sin fingir, paradójicamente, sin escamotear la enjundia de lo que se está tratando delante del toro. No es un espectáculo deportivo, y sin embargo está muy cerca de serlo en la misma idea en que hoy en día pueda considerarse un deporte la caza. No obstante, es un espectáculo lejos de los deportes competitivos, en los que interesa, por encima de todo, ganar. El toreo está, inevitablemente, más cerca del arte: no importa tanto vencer sobre el toro, sino hacerlo de una determinada forma, de una forma que tenemos que calificar, a falta de otra palabra mejor, artística. El espectáculo de los toros es, naturalmente, danza, pues la danza es en el fondo el lenguaje del toreo. Lenguaje del cuerpo del torero y el toro, que deben moverse de forma armoniosa, acompasándose el uno y el otro alrededor de la estela efímera de la muleta o el capote que agita el hombre ante la cara del animal. Y como el toreo es danza, la música es un elemento importante: los pasodobles populares que amenizan la espera antes de la salida del inicio del espectáculo y que adornan las mejores faenas, a veces exigidos a gritos por el público. Un público que entiende que la danza no puede ser muda, aunque ya José Bergamín hablara de la música callada del toreo.

¿Qué debe verse en la plaza? ¿La victoria del hombre sobre el animal? Sí y no. Lo que debemos entender es el sentido, repetido una y otra vez, de esa victoria, pues en realidad, la corrida es una representación cuyo final ya conocemos. A la plaza no se va a contemplar el resultado de un enfrentamiento en los términos de un combate que puede decantarse de un lado o de otro. No es la posible derrota del toro lo que debemos valorar, pues el argumento del espectáculo es el camino recorrido hasta llegar a la muerte del toro, inevitable final.

La complejidad de este argumento puede llevarnos a excursiones a terrenos donde la sobreinterpretación de la fiesta puede dar lugar a lecturas metafísicas en el peor sentido de la palabra, pero lo cierto es que resultan evidentes determinados simbolismos de los que los espectadores habituales de la fiesta son más o menos conscientes.

La vida y la muerte, la razón y la naturaleza, lo masculino y lo femenino son los conceptos básicos que intervienen en la fiesta. Por un lado, el triunfo del torero sobre el toro supone el triunfo de la vida sobre la muerte. Remárquese al respecto el simbolismo cromático de los participantes: el torero viste un traje de colores vivos, donde dominan los tonos cálidos y de entre estos el amarillo ("oro" en el argot taurino) y las diversas tonalidades del rojo y el marrón (color "tabaco", por ejemplo), pero también el verde (verde oliva, verde botella); el toro en cambio suele ser de pelaje negro (si bien no son raros los marrones e incluso el blanco). A veces también el traje del torero puede ser en parte negro (color "azabache"). En todo caso el traje del torero se denomina "traje de luces". El torero representa la vida y el toro la muerte, pero también la razón y la sinrazón, respectivamente, o la civilización y la naturaleza. En este sentido, la victoria del torero es un recordatorio de cómo el hombre vence a la naturaleza, impone su razón sobre la misma y la domina para ponerla a su servicio, incluso eliminándola. Pero toro y torero inician una danza en el ruedo. El torero no somete al animal sin más para preparar su muerte, sino que lo hace mediante una danza que no puede calificarse sino como seducción. Existe en el toreo un componente erótico evidente que algunos antropólogos han querido explicar en clave ritual. Según estos estudiosos, el toro, con su fuerza, su bravura, su energía salvaje y libre, simboliza al entrar en la plaza la pujanza masculina, el poder erótico sin dominar, sin socializar, sin ser sometido a las reglas de la sociedad, donde el erotismo se vive dentro de un orden familiar, por ejemplo destinado a la procreación. El torero representa a la comunidad, a la conciencia social de la misma que doma ese instinto para reconducir esa energía en un sentido positivo. El torero al matar al animal adquiere su energía y la transforma para hacerla socialmente aceptable. El espectáculo del toreo se presta, sin embargo, a interpretaciones ambiguas, pues también es posible entender que el torero, al matar el animal, penetra con su espada, símbolo fálico, en el toro, convertido en una simbólica mujer. No en vano el lugar por el que penetra la espada del torero se llama el "ojo de las agujas", es un pequeño espacio con forma de hoyo en lo alto del animal que evoca rápidamente los órganos sexuales femeninos. En todo caso, en la danza del toro y el torero se da un extraño y fascinante juego de seducción, de sorprendentes resonancias, donde amor y muerte parecen unirse misteriosamente, más todavía si la danza se ejecuta con perfección, con armonía.

Como puede verse, el sentido original de lucha del hombre con el toro debe resituarse en la perspectiva de una lucha simbólica de conceptos, por lo que el simple ejercicio de dominio sobre el toro se trasciende hasta lindar con los terrenos del arte, pues el rito ha traspasado su sentido religioso, social, hasta colocarse en el terreno de la representación, es decir, del arte. El aficionado acudirá siempre a la plaza para disfrutar de la destreza con la que se lleva a cabo la representación. El final, por conocido, importa menos, importa el cómo se lleva a cabo todo. Quizá por eso no se torea sino que se interpreta el toreo, como si fuera música. El premio no es la muerte del animal por sí misma, sino que ésta debe ser el lógico colofón a una faena, que así se llama la actuación ante el toro, un colofón que dé sentido a todo lo que se ha hecho antes.

Queda además la cuestión de la supuesta crueldad del trato dado al animal. La fiesta es cruel si se la desprende de su dimensión ritual, en la que el castigo adquiere sentido, si se deja de lado que el animal puede defenderse y que no está permitido que el torero disfrute de ventajas que el animal no pueda contrarrestar, aunque la mayor inteligencia del hombre determine su victoria sobre el toro, y, por lo tanto, la muerte, casi siempre, de éste. No es menos cruel la muerte dada a los animales destinados al consumo de carne, al contrario: éstos jamás serán tratados al nivel de un animal sagrado como lo es el toro. Por otro lado, ningún aficionado acude a la plaza a disfrutar de un espectáculo de tortura, o ensañamiento con un animal. El espectador está situado en otro lado, quizá en esa dimensión donde se cruza rito, misterio religioso y arte, por lo que el supuesto sufrimiento del animal queda trascendido. Y decimos sufrimiento porque, sin rechazar la idea de que exista dolor y sangre en la fiesta, hablar del sufrimiento del toro es un abuso del lenguaje, pues atribuye al animal una capacidad y sensibilidad propias de un ser humano, no de un mamífero con el desarrollo cerebral propio del toro. Sin embargo, y quizá porque la fiesta de los toros no es de este mundo, que diría José Bergamín, no es nuestra misión justificar ni defender, sino mostrar.

El toro cuando sale a la plaza no sabe embestir, el torero es el que debe enseñarle. Torear consiste por tanto, en el dominio del animal.

Fuente: El planeta de los toros

Por: Ricardo Fernández Romero

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