jueves, 10 de noviembre de 2016

LAS ZAPATILLAS NEGRAS DE LA VIDA








Por: Josefina Barrón







LAS ZAPATILLAS NEGRAS DE LA VIDA

No se puede ser medio torero. Como no se puede ser medio poeta. Apenas
el torero acepta que lo es, la vida es su ruedo. Y se lanza. Estará a solas con la muerte, pues aunque alrededor existan miles, danzará con ella, la mirará a los ojos, la olerá, la rozará con todo su ser. Producirán ambos hechizantes figuras que serán trazos en un lienzo vivo. Imágenes que vibrarán en el calor de un olé y que nos confirmarán que la vida está hecha de instantes. Allí se produce la magia del toreo. Su misterio y grandeza dependen de esos breves gestos que un solo hombre forja ante lo salvaje, recibiendo una y otra vez el albur como parte de su destino. Son gestos sutiles pero de intensa locura.
Este año Acho cumple 250 años de su fundación. No se ha escrito lo suficiente sobre nuestra entrañable plaza. Aun así, yo he preferido escribir sobre el lado humano de la historia: el torero, el que conjura en su arte todas las artes. Aquel que funde en un movimiento la poesía, el teatro, la música, la arquitectura, la escultura, la pintura. La danza.
El hombre torea al toro, y torea también la falta de él. El hombre torea la plaza enardecida, torea su pánico, torea la muerte que se cuela en ese par de dagas vespertinas que pretenden arrancarle la vida del cuerpo. El torero ha estado años conociendo todos y cada uno de sus músculos y filamentos nerviosos para, en el momento crucial, ir mucho más allá de ellos y valerse de su instinto. El torero está allí para desplazarse al ritmo del noble animal que lo acompaña en el ritual. Deberá llegar a olvidarse que tiene piel y hueso y sentirse un ser alado, grácil aunque ande bien arraigado a la arena. No podrá permitirse agredir al toro ni siquiera con la mirada. Deberá ir conociéndolo, sabiendo de sus espacios, querencias y tiempos. Lo cita, lo seduce, lo va llevando. El hombre deberá dominar lo indómito. Así, el artista supremo, maestro de la simbolización, deberá culminar el ritual de la luz sobre las sombras. Trazar su destino. He ahí el desafío más grande de todos.
No será su rival la muerte. Será su compañera de baile. Porque sin la muerte no hay torero. Sin la muerte, no habrá cómo calzar las zapatillas negras de la vida.

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