miércoles, 1 de febrero de 2012

El legado de Belmonte





















Este año se cumple el cincuenta aniversario de la muerte de Juan Belmonte.  Fue en 1962 y en la campera soledad de Gómez Cardeña. También se puede rememorar el ciento veinte aniversario de su nacimiento. Fue en 1892 y en Triana.
Igualmente, podríamos los aficionados, en este caso de Valencia, haciendo un ejercicio de justicia histórica, celebrar su presentación como novillero sin caballos en el coso de Monleón. Fue el 26 de mayo de 1912, con ganado salmantino de la Sra. Viuda de Soler.
Como se ha visto, el número dos, como enhiesto par de banderillas, va visiblemente clavado a la biografía de Juan Belmonte.
El dos fue algo más que un guarismo asociado a la identidad civil del trianero, pues en la llamada Edad de Oro del toreo ocupó un glorioso segundo lugar   --alguien tenía que ocuparlo, con permiso de belmontistas, para quienes fue y siempre será el primero y único-- con respecto a José Gómez Ortega "Joselito". Esto es algo observable incluso a nivel de inconsciente colectivo, pues siempre que se ha escrito o hablado de ambos lidiadores, la frase al uso ha sido y es: "Joselito y Belmonte". Hasta una acrisolada peña taurina de Madrid tiene por  nombre "Los de José y Juan".
No obstante, creo que esto no es más que un tópico cargado de subjetivismo.
Usando un símil tecnológico, podríamos comparar el tándem Joselito-Belmonte con el de Bill Gates-Steve Jobs. La deuda es mutua. Éstos (y sus equipos) han hecho posible que yo escriba esto y ustedes lo lean con una comodidad, rapidez  y posibilidad de fácil distribución no imaginados hace solo unas décadas, transformando irreversiblemente el trabajo y el ocio, la guerra y la paz.
Aquéllos (y sus cuadrillas) enviaron al desván la antigua lidia poniendo, conjuntamente, los fundamentos del toreo moderno y llegando a influir de tal manera en  los practicantes de la vieja lidia entonces en activo, que quien no aceptó, con mayor o menor convicción, el nuevo credo taurino, tuvo que retirarse de los ruedos ("Bombita" y "Machaquito" en  1913 y Vicente Pastor en 1918).
Dicho esto, conviene recordar que la aparición de Belmonte fue un tsunami en las más o menos tranquilas aguas del toreo de las dos primeras décadas del siglo pasado. Aquello no podía ser  ("Ir pronto a verlo, que ese es carne de mataero"), pero fue, y, ascendiendo por la escarpada senda abierta por "El Espartero" y Antonio Montes (pagándolo con sus vidas, de ahí la frase del "Guerra"), pasmó a los aficionados y público de la época con un toreo imposible, pero que, paradójicamente, posibilitó el actual.
Una época  del toreo había quedado definitivamente superada.
El tercer  miembro de la ecuación generadora del toreo actual fue Manuel Rodríguez “Manolete”. Torero de época, el cual, rizando el rizo del belmontismo, volvió a cuestionar la geometría torera, aportando además un pundonor que, practicado sin distingos, le costó la vida en Linares.
Tres toreros de leyenda, de los cuales, se habló, se habla y se hablará, magnificándose el mito.
Estas líneas quieren ser un triple homenaje a esos héroes, a la vez que un sincero reconocimiento a otro maestro, ausente de los ruedos hace ya muchos años, pero activísimo como pocos en la complicada arena del ciberespacio.
Estamos hablando del matador de toros retirado (un torero nunca es ex) y profesor universitario emérito Mario Carrión Bazán, sevillano, de ilustre prosapia torera y afincado muchos años ya en los Estados Unidos, desde donde pone cátedra taurina a través de su página web “Mi mundo del toreo”[i].
Nadie mejor que un viejo torero que ha experimentado incontables veces lo que otros escribimos o comentamos desde un plano puramente teórico, para mostrar la genealogía y naturaleza del toreo actual. Utilizaremos para ello párrafos extractados de su magistral artículo, escrito en los noventa, “Belmonte y Manolete: las columnas hercúleas del toreo moderno”.
Al analizar la tauromaquia basada en su geometría, del ´toreo antiguo´ podríamos decir que el torero y el toro ocupaban diferentes planos paralelos ---terrenos---. Ellos parecían circular por diferentes carriles. La táctica del lidiador consistía en asegurarse que la trayectoria del animal fuera paralela a la suya sin que confluyera con ella. Pero cuando eso fuera imposible, el torero trataba que la intersección de las dos trayectorias fuera lo más breve posible, como un boxeador que repentinamente le pega a su más poderoso contrincante un golpe, y rápidamente se sale del alcance del brazo del oponente, o sea un visto y no visto.
Hasta el 1913 José Gómez "Joselito" reinó en solitario en el toreo sin encontrar una considerable oposición. "Joselito" había perfeccionado lo que sus antecesores habían innovado. Él era un torero clásico que respetaba los cánones de la tauromaquia. Entonces sucedió que el ´revolucionario´ Juan Belmonte aparecería en la escena para modificar los básicos conceptos de la forma de torear que imperaba entonces.
Las denominaciones ´clásico´, ´fenómeno´ y ´revolucionario´ a menudo se usan para clasificar a las figuras del toreo.
Un torero clásico es uno que respeta los modos establecidos en la manera de enfrentarse con un bravo animal. Éste quizás pudiera torear mejor que nadie, y a lo mejor pudiera perfeccionar lo que existe, e incluso se atrevería a inventar algunas suertes, pero no introduce un cambio significativo en la lidia.
El torero ´fenómeno´ rompe los moldes clásicos del toreo, y torea a su manera con gran éxito. Los cambios que estos introducen en la lidia les sirven a ellos pero, por la razón que sea, sus innovaciones no son transferibles a otros diestros. Esos toreros, generalmente, consiguen un éxito y una popularidad enorme, pero a veces efímera, y a sus logros se les reviste con una aureola legendaria.
Los toreros ´revolucionarios´ son ´fenómenos´ que consiguieron convertir sus innovaciones en una parte integral de las tauromaquias venideras. En los inicios del toreo, cuando el toreo estaba en su infancia, había más razón y lugar para las innovaciones así, hasta finales del siglo XIX, varias figuras
impusieron cambios que afectaron la técnica de torear y la manera de celebrarse las corridas, pero conforme la fiesta se canonizaba y afianzaba, la resistencia al cambio se incrementaba. Se percibía que había menos necesidad de cambios y, consecuentemente, más resistencia a los toreros ´revolucionarios´.
No obstante en el siglo XX, dos ´revolucionarios´, Belmonte y "Manolete", desbordaron esa resistencia y modificaron muchas de las normas del toreo antiguo para implantar otras, las cuales con algunas pequeñas modificaciones perduran como las bases del toreo actual.
En el libro “ Juan Belmonte: matador de toros”, escrito por Manuel Chaves Nogales, el mismo diestro explica el fundamento de su toreo:
"Yo entraba en el ruedo como un matemático que va a la pizarra para probar un teorema. En aquellos tiempos el arte de torear estaba regido por el pintoresco axioma de "Lagartijo" que decía: "tú te pones allí, y, o te quitas tú o te quita el toro". Yo estaba allí para demostrar que esto no era tan cierto como se creía. Mi teoría era que el toro no te quita si sabes cómo torear. Entonces había un complicado sistema de los terrenos del toro y terrenos del torero que, a mi manera de ver, era algo superfluo. El toro no tiene terreno, porque no es un ser que piensa y además no hay un topógrafo que delimite las demarcaciones. Todo el terreno pertenece al torero, el único ser inteligente en el ruedo, y me parecía natural que el terreno fuera mío.
Belmonte, al continuar expandiendo su teoría, se quejaba de la falta de comprensión de los aficionados de entonces. Se refería a ellos diciendo que en vez de entender la lógica de su ecuación empezaron a llamarle ´fenómeno´ y a vaticinar que a él lo mataría un toro. Concluye que el único ´fenómeno´ era la falta de entendimiento de aquellos aficionados. Dice: "Esto que lo sabe ahora el más rudimentario aficionado, no les entraba en la cabeza a aquellos aficionados que se consideraban entonces la máxima autoridad del toreo. Esto fue mi contribución al arte".
Considerando la geometría taurina de Belmonte, yo añado que lo que el genial trianero consiguió con su forma de torear era el haber puesto al torero y al toro en el mismo plano, eliminando el carril por el cual el matador circulaba, ya que este permanece estático en su terreno. El toro es forzado a gravitar alrededor del torero en una relación tangencial a un punto. Belmonte redujo a un mínimo la distancia entre el hombre y la bestia en la lidia, hasta tal punto que durante las suertes, ambos parecían integrarse en una entidad hombre-bestia.
Debido a que los voluminosos toros de tosca bravura que se lidiaban en España antes de la Guerra Civil no se prestaban fácilmente a que Belmonte y sus seguidores consistentemente crearan las más asentadas y artísticas faenas que los públicos ya reclamaban, los toreros pagaron un alto precio con su sangre al incorporar la nueva técnica del toreo belmontista. El mismo Belmonte fue herido seriamente doce veces en las treinta y tanta corridas que toreó durante la temporada del 1933 y del 1934, además, una docena de toreros queriendo imitar al maestro perdieron la vida en los ruedos.
Sin embargo la técnica belmontista se hizo práctica común, especialmente después de que los ganaderos genéticamente produjeron, y los públicos aceptaron, un toro más apto para la moderna faena, reduciendo las asperezas y el tamaño del ganado bravo.
En el proceso la fiesta brava ganó una belleza civilizada, perdiendo, sin embargo, bastante de su salvaje emoción.
La forma de torear de Belmonte ya se consideraba clásica al comenzar la Guerra Civil española en 1936, al tiempo que el novillero Manuel Rodríguez "Manolete" apareció en los ruedos ibéricos para probar su propio teorema taurino, el cual lo resolvió ya de matador en los años cuarenta. El resultado de su forma de interpretar el toreo complementó la tauromaquia de Belmonte para así completar la definición del toreo moderno.
En la técnica belmontista, el hombre, cruzado en el camino del toro, como si intentara impedirle el paso ---cruzarse---, cita a la bestia con el engaño enfrente, como si éste fuera una barrera detrás de la cual se escondía el cuerpo. Entonces, antes de que se arrancara el toro, el diestro adelanta la muleta hacia el morro del animal para engarzar al toro en el engaño y, templando su embestida, lo atrae hacia su propio cuerpo ---´parar´---. Al mismo tiempo, el lidiador, manteniéndose en su sitio, mueve suavemente hacia fuera la pierna opuesta a la mano que sostiene el engaño en la dirección que él desea que el toro vaya ---cargar la suerte---, tratando de alargar lo más posible la trayectoria del toro extendiendo el brazo con que sostiene el engaño, mientras él permanece estático ---mandar---. Esta secuencia de acciones debe de conseguirse muy despacio, como a ´cámara lenta´, llevando las puntas de los pitones a centímetros de la muleta sin que la toquen ---templar---.
El resultado de ese bello y profundo modo de torear es un pase de una larga trayectoria que una mayoría de toros pueden seguir. Sin embargo, un cierto porcentaje de animales que desarrollan genio y que tienen cortas arrancadas, se niegan a seguir esas forzadas trayectorias. Con esos toros el lidiador se veía obligado a usar la técnica del toreo antiguo para dominarlos con pases movidos pero efectivos, los cuales carecen de la calidad artística que los aficionados ya exigían y apreciaban.
Manuel Rodríguez impuso una nueva técnica que acortaba la trayectoria del toro en los pases, haciendo más fácil el torear a animales de arrancadas cortas, o de toros que se agotaban durante la faena de muleta.
"Manolete", colocado de semiperfil al toro con las piernas ligeramente entreabiertas, en vez de colocar la muleta enfrente de su cuerpo y alargarla hacía los hocicos del animal, mantenía la muleta casi pegada a su cadera en el lado de la salida del toro. Entonces, esperaba estático, sin adelantar la muleta, a que el toro viniera hacia la muleta. El encuentro con el engaño tomaba lugar unos segundos después del toro pasar enfrente del cuerpo del diestro. O sea que el acto de ´parar´ se retrasaba. Como las piernas estaban colocadas de tal manera que marcaban la dirección de la salida del animal, la acción de ´cargar la suerte´ con la pierna contraria no era necesaria. El ´mandar´ se conseguía con un leve retorcimiento del torso, usando como eje la cintura, y
extendiendo el brazo hacia el lugar a donde el torero intentaba dirigir al toro, mientras que el ejecutor del pase permanecía en una estatuesca posición con los pies, separados solo unos centímetros y firmemente afianzados en la arena. Esta posición permite un rápido movimiento defensivo si fuera necesario, y facilita el estar bien colocado para comenzar el próximo pase.
Con esta técnica los pases se funden unos con otros, ya que el toro sigue la muleta en una trayectoria ovalada, en donde el final de un pase se convierte en el inicio del próximo. Esta ligazón crea la ilusión que los pases son más largos. Sin embargo, en realidad son más cortos, ya que en la técnica de Belmonte el toro viene toreado desde que el torero le adelanta la muleta, y continua en el engaño mientras dura ´el cargar la suerte´ con el extendimiento de la pierna contraria, mientras que en la técnica manoletista el pase no comienza hasta que el toro pasa enfrente del torero y se alarga solo a la distancia que el brazo alcanza.
"Manolete" encontró unas condiciones más propicias que Belmonte para probar su teorema. El trianero tuvo que imponer su estilo enfrentándose con toros recios, criados para dominarlos con el toreo antiguo, que dificultaban la ejecución de su más depurada y profunda forma de interpretar el toro. Por el contrario, "Manolete" impuso su técnica lidiando toros menos bravíos y más jóvenes y pequeños. Esto no fue debido a su preferencia, sino a las condiciones existentes en las ganaderías españolas, como consecuencia de los estragos de la Guerra Civil.
La renovación manoletista no suplanta la teoría belmontista, la cual era mucho más revolucionaria, sino la complementa. Ambas técnicas han hecho posible que durante más de medio siglo los diestros toreen estéticamente y triunfen con un mayor porcentaje de toros, a los cuales antes de Belmonte y "Manolete" solo se les podía lidiar eficientemente, pero sin gran lucimiento.
Concluyo este artículo, con una observación personal sobre esas teorías. En los años cincuenta, en mis actuaciones en los ruedos recuerdo que, aunque considerado como un torero de estilo sevillano, tenía la tendencia a moldear mis faenas con la clásica forma belmontista. Intentaba dar pases largos citando dando el pecho, adelantando la muleta y cargando la suerte al final del pase, pero cuando el toro se quedaba corto y no respondía a esa forma preferida de torear, entonces subconscientemente y sin dudarlo, me traía la muleta hacia la cadera y en posición paralela al animal intentaba robarle al toro los pases que la más depurada forma no me permitía. Y cuando todo fallaba, como un recurso, echaba mano al toreo antiguo sobre las piernas, el cual me permitía sobrevivir manteniendo al toro en su carril mientras yo me mantenía en el mío. Sin embargo en esos momentos yo no estaba consciente ni de "Joselito", ni de Belmonte, ni tampoco de "Manolete". Yo estaba como cualquier otro torero de entonces reaccionando instintivamente a las reglas no escritas de la tauromaquia moderna. 
La misma tauromaquia de mis tiempos, con algunas modificaciones circunstanciales, se sigue practicando al comenzar el siglo XXI, ya que, a pesar de que los estilos personales de cada diestro moderno se han ajustado a las condiciones del toro y a los gustos del público actual, la técnica del toreo en lo fundamental poco ha cambiado desde del reinado de "Manolete".

José Aledón

                                         Juan Belmonte en Lima Peru 

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